Una en Colombia, diseñando los primeros universos para la infancia. Otra en Argentina, reinventándose con las mismas manos y el mismo criterio.
Lo que persiste entre una historia y la otra no es el catálogo es la convicción de que el entorno donde crece un niño merece ser pensado con profundidad, construido con cuidado y diseñado para durar.

Soy diseñadora de interiores, y desde el principio tuve una certeza: decorar un cuarto infantil no es suficiente. Había que concebirlo desde adentro, definir un personaje, construir una historia, y desde ahí desarrollar cada elemento del espacio: los murales, el set de cuna, las cortinas, el mobiliario.
Cada proyecto era un mundo cerrado y coherente, donde la paleta, la tipografía y los objetos respondían a una misma narrativa.
Esa capacidad de diseñar con criterio editorial, de pensar el espacio del niño como un todo, fue el ADN original de Lapislázuli
La llegada a Argentina trajo consigo el desafío de empezar de nuevo en otro contexto.
Lapislázuli siguió viva , organizadores de juguetes, play mats, cuadros, todo diseñado y fabricado a mano, pero el concepto fundacional fue cediendo terreno frente a la necesidad de generar productos más accesibles para un mercado nuevo.
Hubo momentos de pausa. Proyectos paralelos que demandaron tiempo y energía. Pero la marca nunca se abandonó del todo, porque Lapislázuli no es un emprendimiento de catálogo, es una forma de entender el diseño para la infancia. Y eso no se archiva.

Hoy Lapislázuli se expresa en textil artesanal: muñecos de lino y algodón con identidad propia, objetos pensados para acompañar desde el primer día.
Pero la visión no se detiene ahí. La marca sigue creciendo hacia donde siempre supo que podía llegar: el diseño integral del espacio infantil.
Cada pieza que sale del taller lleva el mismo sello que tuvieron aquellos primeros cuartos, criterio de diseño, materiales con presencia, y la convicción de que lo que rodea a un niño en sus primeros años importa profundamente.

Detrás de cada muñeco hay un nombre, una personalidad y una historia. Porque en Lapislázuli, los objetos no se diseñan para ocupar un lugar, se diseñan para quedarse en él.

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